jueves, 3 de julio de 2008

BOTINES DE PUNTA

Observaciones de atracciones cuadradas con ficticios aromas de glamour.

El mundo televisivo le ha abierto las puertas a todo tipo de personas. Más allá del talento, quienes han querido ser parte de la pantalla chica activaron su ingenio o bien, se colgaron de algún escándalo para tener un par de minutos de cámara, comenzar el tour mediático y consolidarse en un show que, a pesar de algunos intelectuales que quieren intelectualizar hasta la TV, entretiene.
En varios casos de las nuevas camadas mediáticas, el talento es una cualidad que ha quedado relegada en honor a los excesos de apariciones. Al síndrome mediático que genera estar en la Caja de Pandora. Un espacio que te permite e invita, en los contextos chimenteros, a realizar una seguidilla de grotescos que contienen situaciones bizarras protagonizadas por los personajes más heterogéneos. Afloran como conejos intentos frustrados de vedettes, cantantes y bailarinas que piden, descaradamente, el retiro de las consagradas.
Se esfuerzan más por estar bien peinadas frente a la cámara que por dejar de ser amebas. Amebas que se inclinan, para trascender el lumpen del espectáculo, por los jugadores de fútbol. Encuentran en ellos, en oposición a lo que se sostiene en los círculos sociales paqueterrimos, cierto charme. No buscan rugbiers y tampoco polistas, sí futbolistas. Es por eso que el periodismo las ha definido como “botineras”. En realidad, como tantas otras que no lo demuestran, son chicas que tienen un problema con la ropa interior. La usan muy floja. Razón por la cual, siempre corren el peligro de perder algo en el camino.
Inútiles en materia artística y mayoritariamente carentes de neuronas, suplen sus falencias, lícitamente, con sus cuerpos voluptuosos y algunos esculturales. Total, casi nadie quiere que hablen. Por lo menos, eso se evidencia en programas como el de Tinelli e incluso, en el de Rial. Quien lo manifiesta sin inconveniente alguno.
Sin embargo, entre estas señoritas están mezcladas las que se hacen las tontas y juegan con la ambigüedad para crear un clima en el cual, todos los ratones salen de la ratonera. Es el caso de Karina Jelinek. Ella no es botinera, todo lo contrario.
Sabe lo que le conviene para evitar quedar pegada al chiquitaje sobresaliente de una generación fóbica a la lectura. Porque si bien es cierto que Karina Olga no ha leído más que “Upa”, libro de primero y segundo grado de escuela primaria, también es cierto que no ha estado vinculada a escandaletes que ubican a la mujer en un lugar paupérrimo.
Ha sabido diferenciarse, a pesar de sus limitaciones, del estándar calamitoso de Wanda Nara, Evangelina Anderson, Natalia Farsi, Rocío Marengo, Fernanda Vives, Amalia Granata, Mariana de Melo y una interminable lista que hace que los futbolistas salgan a la pista del boliche con los botines de punta.
Pues ellas despiertan la atención de ellos a punto tal de concentrarse más en saber cómo llegar a ellas que en los partidos propiamente dichos. De ahí, los insultos de una hinchada rigurosa que no entiende ni compra delirios de tangas en las jornadas de domingo.
Ahora bien, el tráfico de información no es inocente. Es por eso, que se comenta que las noches de “Cocodrilo” se ponen muy kenchis. Lugar de trampa y caños que resguarda las aventuras de los chicos que no piensan en la pelota como debiesen. Que se entregan del todo y abren sus billeteras mágicamente para pagar bonitos obsequios. Y cuando de distancias se trata, las comunicaciones vía chats arden, los mensajes de texto explotan y el me dijo, le dije, le digo impera en camarines, salones VIP y vestuarios.
Todo esto genera curiosidades y un juego de escondidas que dista de ser niños. Entonces, surgen las preguntas y los cuestionamientos. Se asienta, en la mesa de “debate”, el por qué se atraen vedettes y jugadores de fútbol.
De hecho, se ha planteado como discusión entre algunos panelistas y algunas revistas se sumaron al interrogante. La respuesta no es demasiado complicada. Sobre todo, si tenemos en cuenta las características de unos y otros.
Los futbolistas han demostrado con hechos que les gusta la noche y el “cachengue” como dicen en la cancha. Son contadas las veces que se han dejado fotografiar con mujeres poco agraciadas. De blanquear, blanquearán a la más linda. Ellas, en cambio, encuentran en ellos la instalación de la fama, más allá de la belleza. Si son guapos o no, es un detalle. Basta que tengan los abdominales marcados, las piernas musculosas y que por ellos se manejen importantes sumas de dinero.
Se especula, además, con el viaje a Europa o a otro lugar del mundo cuando juegan en Argentina y tienen la posibilidad de ser vendidos. Con lo cual, los autos importados no se hacen esperar y las divinas tiendas, mucho menos. Mientras tantos, ellos se creen ídolos por pasear con un buen pandeiro y mucho lola.
A veces surge el amor. Por lo general, cuando son mujeres que se casaron con un futbolista como podían haberse casado con cualquier otro individuo. Eso sí, nunca un plomero o verdulero.
El caso Villafañe/Maradona es uno de los más destacados. Pero actualmente hay otros en boga. Tales son los casos de Nicole Neuman, modelo más que prestigiosa ahora casada con Fabián Cubero, y Carolina Baldini. La esposa de Simeone.
Ambas, modelos enamoradas. Baldini, prácticamente creció con el “Cholo” con quien tuvo tres hijos y Neuman, ha sido y es la cara de prestigiosas marcas de ropa. De parte de ellas primó el amor, en cambio, de parte de las antes mencionadas, algunos de los pecados capitales pudieron más.
Veamos, existe una creencia sostenida de glamour estético cuando una pareja del campo deportivo se une a otra del campo semi artístico. Creencia que solo forma parte de los imaginarios, ya que de glamour, cero.
Prevalecen los problemas semánticos. Dos bestias lingüísticas que no conocen la letra S pasean por exquisitas callecitas parisinas. Buscan el abrigo de Mónaco como marco de amor o se escapan a la Polinesia para casarse con características de lamentables excentricidades. Sucede, que las carencias intelectuales los llevan a forjar, a través del dinero, un clima sublime que termina siendo una especie de sartén con resabios de aceite utilizado en reiteradas oportunidades.
No han asimilado que el dinero no es sinónimo de buen gusto. Tampoco han comprendido que sin estudio no se puede estimular con dignidad un nombre y que por ende, el ascenso económico no implica ascenso social. Salvo, escasas excepciones.
Entonces, la unión de futbolistas y autodenominadas “vedettes” tiene como resultado vulgaridad al cuadrado con ficticios aromas sofisticados o glamorosos. Son una ecuación que no suma sino que se eleva por snobismo y atracción visual. Más aún, cuando se sientan en el living de Susana y cuentan una historia de amor, luces y sonidos que de tan inventada, logra trascender los cuentos de hadas de Disney.

Publicado por Laura Etcharren en 13:24

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